En la primavera de 2024, me dejé llevar por la curiosidad y visité una exposición de coches clásicos en el Camping de Zaragoza. No tenía grandes expectativas, solo el interés de capturar algo que pudiera motivarme.
Al llegar, la escena me atrapó: una hilera de vehículos antiguos, impecablemente cuidados, cada uno con una historia bajo el capó. En cuestión de minutos entendí que no estaba ante una simple colección de coches, sino frente a una parte viva de la memoria colectiva de España.



















