Caminábamos por los montes de Agüero cuando nos empezó a seguir un Zorro que tenía hambre. El pueblo, de verlo tanto por ahí, lo bautizó como Manolito. Teníamos algo de pan, y Manolito nos enseñó sus colmillos. Y le dimos Pan. Agradecido posó ante la cámara, cerca, muy cerca. Un animal salvaje siempre es un peligro porque nunca se sabe cómo reaccionará, pero tuvimos suerte. Fotográficamente hablando, y sin mordiscos.